Instantes después de que Coco Gauff hiciera cumbre en el US Open, la primera de su carrera en un grande, la ristra de felicitaciones públicas que recibió la tenista –2-6, 6-3 y 6-2 a Aryna Sabalenka en la final– retrata la repercusión que tiene en su país. “Enhorabuena, Coco. Hoy has electrizado a la Arthur Ashe y a la nación entera. Es el primero de los muchos éxitos que están por venir y la prueba de que todo es posible si no te rindes y siempre crees”, le dedicó el presidente de los Estados Unidos, Joe Biden. “No podemos estar más orgullosos de ti, tanto dentro como fuera de la pista, y sabemos que lo mejor está por venir”, se sumó Barack Obama, quien unos días antes posaba con ella y su esposa Michelle a la entrada del complejo. “Felicidades, Coco. Tu generación está viviendo el sueño de las Original Nine”, le dedicaba Billie Jean King, la mujer que hace 50 años se plantó y logró que el torneo igualase los premios entre hombres y mujeres.

“Gracias, Billie, por haber peleado tanto por esto”, le agradecía la campeona durante la ceremonia final, cuando recogía el cheque de tres millones de dólares que le proporciona el triunfo; una victoria que lleva al primer plano a una joven cuyo comportamiento es ejemplar, dentro y fuera del tenis. Porque Gauff, la niña prodigio que con 15 años llegó hasta la cuarta ronda de Wimbledon, es algo más que una tenista. Mucho más. Coco es fundamentalmente compromiso consigo misma y con su deporte, pero también con diferentes causas que inquietan a esa nueva generación de jóvenes concienciada. Feminismo, antirracismo, cambio climático. “Es algo real”, decía hace unos días, cuando cuatro activistas protestaron contra el uso de combustibles fósiles durante su partido de semifinales e interrumpieron la acción 49 minutos; “lo han hecho de forma pacífica, así que no me puedo enfadar. Si es lo que sentían que tenían que hacer para que se escucharan sus voces, no puedo enfadarme. Predican lo que sienten y en lo que creen”.

También creía que debía intervenir ella en pleno auge del movimiento Black Lives Matter (las vidas negras importan), cuando en 2020, tras el asesinato de George Floyd a manos de la policía, salió a la puerta de su casa en Delray Beach y, micrófono en mano, habló alto y claro: “Debemos amarnos los unos a los otros, pase lo que pase. Vi una cita de Martin Luther King que decía: ‘El silencio de la gente buena es peor que la brutalidad de la gente mala’. No hay que callarse. Si eliges callar, estás eligiendo el lado del opresor. Exijo un cambio ya. Es triste que tenga que perderse la vida de otro negro. Y no es solo George Floyd. Yo tenía ocho años cuando mataron a Trayvon Martin. Y aquí estoy, a los 16, exigiendo todavía un cambio. Lo hago por mis futuros hijos y nietos. Prometo utilizar siempre mi plataforma para luchar”.

Procedente de una familia de clase media, Gauff creció disfrutando del ejemplo de las hermanas Williams y admirándolas. Ahora bien, su historia nada tiene que ver con la de ellas y Papá Richard, el hombre que tradujo su obsesión en sus hijas de una manera seguramente cuestionable. Coco se ha desarrollado en un entorno racional y ponderado. “Si los padres tienen buenos valores, los hijos tendrán buenos valores. Mis padres me enseñaron desde bien pequeña a respetar las diferencias, a que no pasaba nada por ser diferente. Me enseñaron a respetar y querer a la gente independientemente de su nacionalidad, orientación sexual, religión, raza o lo que sea”, concedía a este periódico en un encuentro mantenido en Madrid el año pasado. “Me considero feminista, pero sobre todo gracias a mi padre”, seguía. “El cerebro es de alguna forma un músculo y la mente probablemente sea lo más importante; si no hace su trabajo, si no eres feliz, sin duda afectará a todo lo demás”, completaba.

Un éxito con mensaje

Venus y Serena fueron su inspiración porque, dice, hasta que ellas irrumpieron “no había muchas jugadoras negras dominando el tenis”. Ensalza ese legado y ahora es ella el espejo para las futuras generaciones. Profesional modélica, Gauff –tercera ya en el listado mundial– ha redondeado un verano perfecto en el que ha logrado los tres títulos más importantes de su carrera, en orden ascendente: Washington, Cincinnati y el US Open. Tan solo se le resistió Montreal, donde alcanzó los cuartos. Su técnico, el español Pere Riba, destaca su entrega diaria y su capacidad para escuchar, además de su educación dentro y fuera de la pista. Con él en el banquillo y el prestigioso Brad Gilbert como asesor, la estadounidense gana vuelo y ofrece réplica a esa catarata de opiniones que le exigían ganar un Grand Slam desde que era una adolescente y que en no poco casos la describían ya como un proyecto fallido.

“Gracias también a los que no creyeron en mí”, afirmó a pie de pista. “Hasta 10 minutos antes del partido estaba leyendo comentarios de gente que decían que hoy no iba a ganar. Eso alimenta el fuego que llevo dentro”, continuó en la sala de conferencias, trayendo a colación de algún modo el espíritu combativo de las Williams; “desde que tenía 15 años la gente tiene muchas expectativas sobre mí y me exigían que ganara, pero no estaba desarrollada. Recuerdo que una vez perdí y salió una estadística diciendo que no ganaría un Grand Slam antes de la edad de Serena [que lo hizo con 17]. Es una locura la cantidad de cosas que he tenido que escuchar y leer”.

Convertida en un icono juvenil para las nuevas audiencias, en las últimas fechas ha pulido su juego –derecha y posición al resto, especialmente– y sigue haciendo gala de un despliegue físico superlativo. “Llevo siguiéndote desde hace años”, apunta el suizo Roger Federer, cuya agencia de representación, Team8, guía a la tenista desde antes de que se diera a conocer en Wimbledon. “Tu arduo trabajo y fortaleza mental son excelentes para nuestro deporte. Brillas más que nunca”, agrega el genio, hombre de buen olfato. Él sí apostó por Coco.

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